Incluso un lugar como este puede durar para siempre. O desaparecer en los próximos minutos
Exposición individual de Estefanía B. Flores

















Incluso un lugar como este puede durar para siempre. O desaparecer en los próximos minutos
Exposición individual de Estefanía B. Flores
28 febrero - 1 abril 2026
Créditos
Diego Beyró
Dosier
DescargarPresentamos la primera exposición individual en El Chico y en Madrid de Estefanía B. Flores (Santa Cruz de Tenerife, 1989). Tras su participación en “Dark Forest” en la galería en noviembre de 2024, Estefanía presenta para esta primera muestra con nosotros un nuevo cuerpo de obra, que continúa con la investigación que ha desarrollado en los últimos años de trabajo.
Graduada del Máster en Bellas Artes por Goldsmiths en Londres, el imaginario de Estefanía remite a los albores de lo digital: a aquellos primeros entornos generados por consolas domésticas donde, con recursos gráficos precarios y estructuras casi esquemáticas, no solo se configuraban escenarios de entretenimiento, sino que se abría un umbral hacia territorios afectivos todavía innombrables.
La obra de Estefanía puede leerse como un sistema en desplazamiento constante: un entramado de formas que, aunque se presenten ante nosotros como cuerpos estáticos, conservan la latencia de la transformación. Cada pieza parece contener la posibilidad de reconfigurarse, de vincularse con otras y de reaparecer bajo una nueva apariencia cada vez que son convocadas. Como en la lógica del videojuego, donde el jugador acumula “ítems” que le permiten sostener su existencia y atravesar distintos niveles, las esculturas de Estefanía se expanden —literal y simbólicamente— a medida que su práctica evoluciona. Crecen, se modifican, incorporan variaciones y ecos de trabajos anteriores, activando una continuidad que no es lineal sino mutante.
Los escenarios que propone nunca se repiten del todo, y las piezas tampoco; sin embargo, es posible trazar sus genealogías. Persisten huellas reconocibles en ciertas morfologías, en detalles recurrentes o en alusiones corporales que reaparecen como fragmentos de una anatomía en constante rearticulación. Así, cada obra funciona simultáneamente como entidad autónoma y como parte de un ecosistema mayor, siempre inestable, en un devenir constante.
La dimensión técnica de la obra resulta igualmente decisiva en la configuración y transformación de su práctica. En estas nuevas esculturas emerge una cualidad de mayor densidad y firmeza que opera, al mismo tiempo, como recurso formal y como alusión al peso, a la acumulación y al sedimento de aquello que contemplamos. La materialidad no es solo soporte, sino lenguaje: Estefanía emplea los materiales como hilos conductores entre las distintas piezas que va incorporando a su universo. Comparten sustancias, texturas y soluciones constructivas que permiten rastrear su genealogía y comprender que, pese a sus diferencias aparentes, todas proceden de un mismo origen.
Ese origen no se define con claridad, pero resulta extrañamente reconocible. Al aproximarnos, podemos experimentar una leve inquietud frente a formas —garras, extremidades, fragmentos corporales— que nos remiten tanto a nuestra propia anatomía como a la dimensión animal que nos constituye, pasada o latente. Los mundos que se insinúan no son meras ficciones: aparecen como vestigios y, a la vez, como proyeccionesde futuros posibles.
Las obras no actúan únicamente como detonantes de la imaginación; funcionan también como depósitos de memoria, como evocaciones de imágenes vistas o incluso de sensaciones experimentadas. En este sentido, la escultura se convierte en un dispositivo de conexión entre quienes la observan. Quienes nos adentramos en esta muestra —como en cualquier propuesta de la artista— aceptamos tácitamente la invitación al juego: disponernos a atravesar territorios inciertos y a habitar, junto a las presencias que nos rodean, escenarios todavía por descifrar.
Graduada del Máster en Bellas Artes por Goldsmiths en Londres, el imaginario de Estefanía remite a los albores de lo digital: a aquellos primeros entornos generados por consolas domésticas donde, con recursos gráficos precarios y estructuras casi esquemáticas, no solo se configuraban escenarios de entretenimiento, sino que se abría un umbral hacia territorios afectivos todavía innombrables.
La obra de Estefanía puede leerse como un sistema en desplazamiento constante: un entramado de formas que, aunque se presenten ante nosotros como cuerpos estáticos, conservan la latencia de la transformación. Cada pieza parece contener la posibilidad de reconfigurarse, de vincularse con otras y de reaparecer bajo una nueva apariencia cada vez que son convocadas. Como en la lógica del videojuego, donde el jugador acumula “ítems” que le permiten sostener su existencia y atravesar distintos niveles, las esculturas de Estefanía se expanden —literal y simbólicamente— a medida que su práctica evoluciona. Crecen, se modifican, incorporan variaciones y ecos de trabajos anteriores, activando una continuidad que no es lineal sino mutante.
Los escenarios que propone nunca se repiten del todo, y las piezas tampoco; sin embargo, es posible trazar sus genealogías. Persisten huellas reconocibles en ciertas morfologías, en detalles recurrentes o en alusiones corporales que reaparecen como fragmentos de una anatomía en constante rearticulación. Así, cada obra funciona simultáneamente como entidad autónoma y como parte de un ecosistema mayor, siempre inestable, en un devenir constante.
La dimensión técnica de la obra resulta igualmente decisiva en la configuración y transformación de su práctica. En estas nuevas esculturas emerge una cualidad de mayor densidad y firmeza que opera, al mismo tiempo, como recurso formal y como alusión al peso, a la acumulación y al sedimento de aquello que contemplamos. La materialidad no es solo soporte, sino lenguaje: Estefanía emplea los materiales como hilos conductores entre las distintas piezas que va incorporando a su universo. Comparten sustancias, texturas y soluciones constructivas que permiten rastrear su genealogía y comprender que, pese a sus diferencias aparentes, todas proceden de un mismo origen.
Ese origen no se define con claridad, pero resulta extrañamente reconocible. Al aproximarnos, podemos experimentar una leve inquietud frente a formas —garras, extremidades, fragmentos corporales— que nos remiten tanto a nuestra propia anatomía como a la dimensión animal que nos constituye, pasada o latente. Los mundos que se insinúan no son meras ficciones: aparecen como vestigios y, a la vez, como proyeccionesde futuros posibles.
Las obras no actúan únicamente como detonantes de la imaginación; funcionan también como depósitos de memoria, como evocaciones de imágenes vistas o incluso de sensaciones experimentadas. En este sentido, la escultura se convierte en un dispositivo de conexión entre quienes la observan. Quienes nos adentramos en esta muestra —como en cualquier propuesta de la artista— aceptamos tácitamente la invitación al juego: disponernos a atravesar territorios inciertos y a habitar, junto a las presencias que nos rodean, escenarios todavía por descifrar.
