/
/

murmur

Exposición individual de Esther Merinero

murmur

Exposición individual de Esther Merinero

17 septiembre - 17 octubre 2026

Créditos

Cristina Anglada

Locación

[@portabletext/react] Unknown block type "undefined", specify a component for it in the `components.types` prop

There’ll be turbulence. You’ll drop
your book to hold your water bottle steady. Your
mind, mind has mountains, cliffs of fall may who ne’er hung there let him watch the movie. The plane’s supposed to shudder, shoulder on like this. It’s built to do that. You’re designed to tremble too. Else break Higher you climb, trouble in mind lungs labor, heights hurl vistas
Oxygen hangs ready overhead. In the event put on
the child’s mask first. Breathe normally

Turbulence. Adrienne Rich


Murmullo, susurro, cuchicheo, siseo, balbuceo, rumor.
Sonido bajo, continuo e indistinto. Se produce cuando varias voces hablan sin alzarse o cuando algo —aire, agua, materia— roza y se desplaza. El murmullo dispersa el sentido y está cargado de materia. Aparece cuando las palabras se superponen, cuando pierden precisión. Un murmullo es también el sonido que se produce al contar un secreto. Gente hablando bajito para generar una intimidad provisional y crear una especie de lenguaje encriptado.

El trabajo de Esther Merinero se sitúa en esa zona de fricción donde la necesidad y la pulsión del decir convive con la frustración de las definiciones y la dureza del lenguaje. Las palabras brotan urgentes, pero insuficientes: no alcanzan a traducir la densidad de la experiencia y su emoción.
Frente a esa incompatibilidad, el murmullo aparece como una forma de insistir sin fijar, de sostener la ambigüedad.

murmur es también el título de esta muestra. La muestra se articula en torno a tres ejes —el habla, el tránsito y la memoria— que se entrelazan a través de una serie de esculturas e imágenes que funcionan como dispositivos poéticos. No ilustran una idea ni narran un acontecimiento: sugieren, contienen y dejan pasar.

Al entrar en la sala, nos recibe una gran imagen a pared impresa en blanco y negro de cualidad granulada próxima a la del escáner. En ella, fragmentos de palabras, besos e imágenes opacas se aplanan en dos dimensiones, conviviendo como un murmullo visual. Sobre esta superficie se superpone un objeto de resina que funciona como una suerte de signo de puntuación: pausa, burbuja, acento. No dice, pero marca; no explica, pero abre intervalos para que la comunicación pueda respirar. La imagen en su conjunto opera como una superficie de sedimentación, un lugar donde distintas temporalidades se acumulan y coexisten. Su apariencia remite a formas de captación involuntaria, como las imágenes registradas por las cámaras atadas a palomas mensajeras a comienzos del siglo XX: exploraciones sin intención estética, producidas por cuerpos en tránsito.
Imágenes latentes, que no narran, pero conservan; que no fijan, pero dejan huella. Restos que murmuran.

El tránsito atraviesa la exposición de manera sutil pero constante. Aparece en la idea del vuelo, del desplazamiento por el aire, de los tiempos suspendidos de espera. En el aire, las exigencias se disuelven y la atención se repliega hacia la memoria, el deseo y la expectación. Volar implica separarse y unirse a la vez: dejar atrás y anticipar, habitar un intervalo donde nada termina de fijarse.

Tras la pared, nos topamos con un conjunto de piezas escultóricas compuestas por fragmentos de objetos ya existentes y materiales frágiles. Cabelleras de papel de seda —amarillo, blanco, negro, lila, asalmonado— formadas por tiras que tiemblan ligeramente con el paso de los cuerpos alrededor. Sobre estas superficies porosas y livianas se superponen, en algunos casos, una malla o una camiseta de cadena metálica, y en otro, una camiseta blanca en busca de sentido. Todo ello envuelve una carcasa de metal que alguna vez fue jaula doméstica para animales que no lo debían ser. La jaula se rescata aquí de una manera más amable, pues partes de sus cierres ya no lo son, y se presentan destechadas, o/y sin puerta. Estas amalgamas superiores reposan sobre pedestales de distintas alturas que, lejos de afirmar una base sólida, se revelan huecos y semi-transparentes.

Contenedores que no ocultan su interior, sino que lo velan. El vacío se vuelve una presencia activa: un espacio disponible para que algo ocurra a partir de aquello que contiene, o de aquello que lo recubre. Superposición, fragmento, convivencia: elementos que no buscan fundirse, sino sostenerse unos sobre otros.

Esther trabaja con la acumulación de objetos personales e imágenes de archivo movida por un mismo impulso: la necesidad de sostener la memoria a través de aquello que ha estado cargado de emoción. Su archivo fotográfico recoge restos urbanos y cotidianos donde lo festivo y lo residual conviven y el acontecimiento ya ha pasado. Un ejercicio similar es ejecutado a partir de los objetos que conserva (llaves, postales, mechones de pelo, cartas, flores, pañuelos, zapatos, …), los cuales funcionan como fragmentos de una experiencia vivida. Lejos de ser neutros, estos elementos actúan como superficies de memoria: condensan nostalgia, vulnerabilidad, anhelo y deseo, y asumen —a veces de forma casi celebratoria— la condición efímera y mortal de la experiencia.

Pertenecen al ámbito de lo común y es desde esa familiaridad y extrañeza desde donde activan su potencia. Su lenguaje no es semántico, sino emotivo: más que ser contemplados pasivamente, se ofrecen como agentes que se insinúan o se resisten, convocando una forma de comunicación que no pasa por el habla ni por la escritura, sino por el roce con la propia experiencia de estar vivo. Esta acumulación afectiva no responde a una lógica de orden o clasificación, sino al deseo de retener, cuidar y no dejar ir. El desorden se sostiene, así como una condición necesaria para que la memoria permanezca activa, abierta y en movimiento. La relación con los objetos remite así directamente a la manera en que se construye la memoria desde lo afectivo: qué se guarda, qué importa, qué se preserva por razones íntimas y no heroicas.

La necesidad de conservar aparece ligada al miedo a la pérdida, al hecho de no estar preparadas para el final. En una cultura que tiende a esquivar la muerte, estos gestos abren la posibilidad de imaginar otras formas de relación con la ausencia. En este sentido, la exposición dialoga con los planteamientos de Vinciane Despret, para quien los muertos no son ausencias cerradas, sino presencias que continúan participando de nuestra vida afectiva y relacional.

El habla —o su dificultad— atraviesa la muestra de principio a fin. La palabra aparece como una materia maleable, capaz de esconder, proteger o transmitir sentido sin exponerse del todo. El murmullo opera como una tecnología afectiva: protege a quien habla y, al mismo tiempo, convoca a quien escucha. No todo se revela; algo permanece velado para activar el deseo de comprender y mantener viva la imaginación, la intuición y la elucubración.

Pensar el lenguaje como encantamiento —spell (deletrear, escribir, hechizar)— permite situar el trabajo de Esther en una tradición de prácticas que operan por repetición, acumulación y rodeo, más que por afirmación directa. Como en los textos que entienden el poema, el tejido o el nudo como tecnologías de memoria, aquí el sentido no se fija, sino que se reactiva una y otra vez. En el ensayo Blandito Blandito, blanca arias recurre a la historia de las tejedoras esclavizadas para pensar estas formas de resistencia silenciosa: coser y tejer como espacios de transmisión, como archivos blandos donde se codifican mensajes, rutas, afectos. Las colchas —quilts— funcionan como superficies narrativas y mediúmnicas, capaces de arrastrar presencias del pasado hacia el presente, de alterar el tiempo lineal y convertirlo en un bucle, un círculo, una vibración que insiste.

Desde esta lógica, el trabajo de Esther puede leerse como una práctica de encantamiento material: objetos, imágenes y gestos que amortiguan, envuelven y sostienen. Como los spell-poems, sus piezas registran la memoria para reordenarla y volverla respirable, devolviéndola al cuerpo. Esta forma de hacer desconfía de la dureza, de la claridad y de la afirmación, y apuesta, en cambio, por lo íntimo, lo repetido, lo vulnerable y lo afectivo como modos de resistencia y de cuidado.