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La nube quisiera ser un pájaro

Exposición individual de Silvia Olabarría

La nube quisiera ser un pájaro

Exposición individual de Silvia Olabarría

21 octubre - 4 diciembre 2026

En ‘La nube quisiera ser un pájaro’, Silvia Olabarría continúa trabajando con los elementos que han articulado su práctica durante los últimos años: formas, símbolos, patrones, repeticiones y ritmos. Sin embargo, algo ha cambiado. Si en ‘La Noche’ la artista se enfrentaba al vacío del lienzo y buscaba las condiciones esenciales para que la pintura pudiera construirse, en estas nuevas obras parece habitar con libertad el espacio que se abrió a partir de aquella búsqueda.

Quizá el cambio más profundo está en el fondo. En las obras anteriores, las formas bailaban sobre una superficie deliberadamente plana, un escenario que les permitía desplegarse. Ahora ese escenario también se mueve. Barridos, transparencias, arrastres y pequeñas concentraciones de color participan del ritmo general de la pintura y hacen que fondo y figura dejen de ocupar posiciones estables. Ya no hay algo que está delante y algo que está detrás: ambos elementos se intercambian, se contaminan y terminan formando parte de un mismo acontecimiento.

La pintura aparece así como el registro de una experiencia perceptiva. No se trata de representar un paisaje, un pájaro, una hoja o un determinado fragmento de la naturaleza, sino de encontrar una estructura visual capaz de contener algo de la experiencia de encontrarse con ellos: el canto de un pájaro, la luz atravesando los árboles, la caída de una hoja, la sensación corporal de desplazarse por un paisaje. Las formas no ilustran estas experiencias; funcionan como huellas de ellas.

En este proceso, las plantillas, los cortes y las repeticiones son tanto herramientas como parte del lenguaje de la obra. El corte láser que introdujo en el pasado una precisión mecánica ahora convive con el gesto pictórico generando una tensión entre control y libertad, entre repetición y variación, entre lo manual y lo mediado. El procedimiento deja de ser invisible y se incorpora a la propia imagen, como si pudiéramos intuir, todavía, los pasos que hicieron posible que la pintura apareciera.

El cuerpo sigue formando parte de este sistema. La respiración, el ritmo, la observación y el movimiento intervienen en la toma de decisiones. Pintar se convierte en una forma de recorrer una superficie, de medirla y de responder a aquello que va sucediendo sobre ella. De ahí que estas obras puedan recordar a un suelo escénico de danza posmoderna colocado en vertical: un espacio donde el movimiento no se representa, sino que queda inscrito.

Las formas irregulares que aparecen en las pinturas pueden sugerir hojas, animales, ojos o fragmentos de cuerpos, pero ninguna de estas asociaciones termina de imponerse. La mirada completa aquello que la pintura deja abierto. Una forma puede parecer una hoja y convertirse inmediatamente después en otra cosa. La percepción participa de la construcción de la imagen y, al hacerlo, mantiene la pintura en movimiento.

Por eso estas obras no parecen coreografías terminadas. Silvia ha conseguido convertir los elementos con los que viene trabajando en una suerte de sistema coreográfico: cada forma, cada transparencia, cada barrido y cada interrupción ocupa una posición que podría ser otra. Como si en cada pintura pudiéramos contemplar un instante de un baile que continúa sucediendo cuando dejamos de mirar.

Si ‘La Noche’ fueron, de alguna manera, los ensayos generales, ‘La nube quisiera ser un pájaro’ es el estreno. Pero un estreno sin coreografía definitiva. Porque una de las preguntas que estas pinturas siguen planteando es precisamente cómo se genera la propia pintura y la respuesta parece encontrarse en ese espacio inestable donde fondo y forma, precisión y gesto, cuerpo y superficie, percepción y experiencia dejan de ser cosas separadas. Es ahí donde la pintura sucede.

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