Pacífico
Exposición individual de Fernando Mastretta

Pacífico
Exposición individual de Fernando Mastretta
15 enero - 21 febrero 2026
Fernando Mastretta (Barcelona, 1961) desarrolla una práctica pictórica que entiende el cuadro como un lugar de sedimentación: un espacio donde la experiencia personal, la memoria visual y la historia de la pintura se entrecruzan sin jerarquías. Su obra no se articula desde la cita directa ni desde la referencia explícita, sino desde un territorio más hermético, en el que las influencias se transforman en estructuras, ritmos y tensiones propias del lenguaje pictórico.
Mastretta ha construido una pintura que avanza por acumulación, ensayo y depuración. A lo largo de los años ha ido configurando un sistema de trabajo basado en la regla y la repetición, un marco previo que le permite operar desde dentro, forzando sus límites hasta volverlos flexibles. Este método, lejos de clausurar el sentido de la obra, abre el cuadro a múltiples derivas: cada pintura se convierte así en una reflexión sobre cómo un planteamiento concreto puede desbordarse en una experiencia visual abierta.
Esta última serie puede entenderse no solo como una condensación de su práctica, sino también como una consecuencia y, al mismo tiempo, como un paso hacia lo desconocido. No lo desconocido como territorio incontrolable, sino como espacio de sorpresa y reto personal. Al revisar su producción reciente, este conjunto de obras se presenta quizá como el más sintético y, sin duda, el más depurado. Esto no implica el cierre de un proceso ni la resolución definitiva de sus preguntas; más bien señala la llegada a un punto largamente buscado por el artista, que vuelve a funcionar, una vez más, como punto de partida.
Las metáforas del movimiento que suelen emplearse para describir la pintura encuentran aquí una traducción literal. Esta serie nace y se transforma a partir de un viaje, desde el centro de Madrid hasta distintos núcleos de México —la Ciudad de México, la costa del Pacífico, las carreteras, los hoteles y las pausas intermedias— que acabaron convirtiéndose en el pulso vital del trayecto. Estos lugares, atravesados y habitados, actúan como pulmones del viaje y terminan por insuflar oxígeno a este conjunto de pinturas sobre lienzo.
Para Mastretta, la pintura es una vía para materializar la memoria, tanto individual como acumulada. Con el paso del tiempo, ese ejercicio ha transitado de lo narrativo y específico hacia lo evocador y lo abstracto, sin que uno excluya al otro. Una de las cualidades centrales de su trabajo es precisamente esa libertad para desplazarse entre lo figurativo y lo abstracto, hasta configurar un lenguaje que no se instala en ninguno de los dos extremos, sino que los mantiene en tensión. Cabe pensar que la intensidad de esta serie guarda una relación directa con la intensidad del viaje a México: tanto en lo emocional como en lo visual, la experiencia ha dejado una huella persistente que se manifiesta en la superficie de los lienzos.
En el plano formal, su trabajo se caracteriza por una tensión constante entre control y fisicidad. Capas densas y translúcidas, campos de color terroso que se deslizan o se evaporan, estructuras que sostienen y a la vez ponen en crisis la composición, configuran una pintura rigurosa pero nunca rígida, pensada y a la vez expuesta al accidente. Esa convivencia entre orden y pulsión constituye uno de los núcleos de su obra: una búsqueda de equilibrio en la que la emoción no se impone al sistema, sino que lo atraviesa.
También desde el punto de vista técnico, estas obras funcionan como un recorrido. A distancia, la imagen se presenta con una aparente sencillez; de cerca, revela una complejidad extraordinaria fruto de años de práctica. La combinación de materiales, la superposición de planos, apoyos, fondos y contraplanos conforman una estructura densa que invita a una mirada reiterada, siempre abierta al descubrimiento de nuevos detalles. En estas pinturas, Mastretta no solo alude a episodios concretos —el camino hacia Zicatela, los zopilotes, las tortugas desovando—, sino al propio trayecto del pintor, que a través de la insistencia consigue que lo complejo se manifieste como algo natural.
Mastretta reivindica la pintura como un acto profundamente ligado a la vida cotidiana y a la experiencia sensible. El trabajo en el estudio se alimenta de estímulos diversos —música, lectura, poesía, viajes— y se construye desde una actitud de aprendizaje continuo, donde la apropiación y la transformación de soluciones ajenas forman parte natural del proceso creativo. La pintura puede detenernos en el puro placer de la evocación, pero el viaje se completa cuando descubrimos que bajo las capas de acrílico y pigmentos se esconden historias que nos conectan con el imaginario del artista. En ese momento, el cuadro deja de ser únicamente un espacio de contemplación para convertirse en un lugar de tránsito: una superficie bidimensional capaz de generar emociones nuevas y de activar una experiencia de desplazamiento compartida.